
Fuente "La Nueva España"
Decía en esta misma sección, hace escasos meses, que los osos no se habían multiplicado por arte de magia, que tampoco habían venido de tierras ignotas ni mucho menos aterrizaron procedentes de una galaxia desconocida. Aunque algunos, últimamente, quieren hacernos creer que su población está creciendo notablemente sin darse cuenta de que la milagrosa multiplicación del pan y los peces ocurrió hace casi mil años y de forma irrepetible. Además, como bien saben ustedes, no hay ni un solo apunte reseñable de mejora del hábitat que favorezca el incremento de la especie. Es más, me atrevería a decir que todo su entorno -merced a las comunicaciones con forma de raíles, carreteras y pistas, a la desconexión total entre la población oriental y la occidental y a los incendios- cada año que pasa se encuentra más alterado y con menor valor ecológico. Es posible, siempre por razones ajenas a los méritos de la Administración, que por motivos climáticos, alimenticios o de celo el número de plantígrados haya aumentado ligeramente en la parte suroccidental de Asturias, aunque, por desgracia, no podemos decir lo mismo de la zona central asturiana en la que, con medios artificiales, lo único que hicieron fue reunir en unos pocos de kilómetros cuadrados un tanto por ciento importante de su precario censo. A no ser que con este aumento ficticio pretenda justificarse el «radiomarcaje» anunciado con el beneplácito del CSIC, dicen que de treinta ejemplares. Mucho me temo que con los nefastos antecedentes de dicha práctica, si el malogrado y fallecido oso «Cuervo» levantase la cabeza, iba a correr a gorrazos hasta la tumba del urogallo «Picoteru» a todos los que propugnan dicho ensayo con una especie en peligro de extinción que, por otra parte, tan sólo requiere una defensa a ultranza de su ecosistema y que los dejen vivir y procrear en paz.
No sé si llegará a alcanzar el grado de delito penal o administrativo (para eso está el fiscal de Medio Ambiente), aunque estoy seguro de que el experimento que están haciendo con un grupo de alrededor de media docena de osos en una zona cercana a Oviedo -tanto, que pueden acercarse por la noche a la capital a echar una canita al aire y regresar a sus dominios antes de apuntar la aurora- se trata de un atentado ecológico. Por motivos de seguridad para la especie no desvelaré el lugar exacto en que se está llevando a cabo esta tropelía, pero sí diré que se encuentra a caballo de dos concejos bellísimos: Quirós y Teverga.
Les contaré que se trata de un espacio geográfico con numerosas matas de pino, castaño, avellano, roble, haya, abedul y espineras ancladas sobre un terreno agreste regado por numerosos regueros que ven la luz en los barrancos más escondidos. Que guarda lobos, ciervos, corzos y jabalíes principalmente y que, hasta ahora, recibía la visita esporádica de uno o dos osos cuando la miel o los frutos del madroño estaban en sazón. También debo de decirles que las pistas, aptas para vehículos todoterreno, avanzan en todos los sentidos y cruzan de Norte a Sur y de Este a Oeste toda su extensión, lo que sin duda es de gran utilidad para cualquier furtivo que se precie.
No es necesario explicar que ningún animal salvaje en libertad puede depender del sustento que le proporcione el ser humano, porque malogra su instinto de ganarse el alimento para poder subsistir y les torna inútiles. A éstos se les está cebando con potros, burros y conejos muertos que se tiran al final de una pista y, lo que es todavía peor, con pienso para perros que se introduce en cajas que a primera vista parecen haber contenido enjambres; todo ello en la cercanía de una cabaña rodeada por una alambrada de espino colocada en forma de laberinto; posiblemente para que el animal pase por delante de unas cámaras fotográficas con sensores de disparo. En la construcción mencionada, que por cierto está repleta de cajas de colmenas, la parte que falta del techado está revestida de malla metálica con un abombamiento notable en la pared central por el que entra el oso cuando va a buscar la comida al interior de la cabaña; lo atestiguan las marcas dejadas por las uñas en las piedras al subir por la pared.
No entendemos qué se pretende con tal procedimiento, que choca frontalmente con la recuperación de cualquier especie, porque se está habituando a este grupo de plantígrados a relacionar el olor humano con el premio de la comida. En Caranga y en Las Cuestas (Trubia) ya se sentaron solicitándola a la puerta de las casas. Aunque lo peor es el peligro que corren al merodear siempre el mismo territorio. No olvidemos que por temor a ser descubiertos en el último momento los cazadores de la noche, con foco de intensa luz y rifle con silenciador, han abandonado en la reciente berrea y en la misma zona, al menos que yo sepa, dos venados de buena cuerna con dos certeros tiros en la testa. Cuando esto suceda con un oso ¿entonarán el «mea culpa»?




















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